domingo, 25 de mayo de 2014

Parábolas para dirigir

Dirigir a otros, no es un asunto de técnicas, sino que demanda
un cierto aprestamiento del ánimo, lo cual ilustran de
manera muy eficaz estas bellas parábolas orientales una de las parábolas relata
 cómo un duque que se reconoce a sí
mismo como muy talentoso, se da cuenta de que al hacerse cargo
del gobierno de su territorio, comienzan a deteriorarse las condiciones
de bienestar que bajo su gobierno había logrado su antecesor,
a quien el duque reconocía como poco talentoso y poco diligente.
Cómo –se preguntaba– es posible que teniéndolo todo para gobernar,
las cosas no marchen bien en mi territorio. más acuciante era la
pregunta sobre cómo su antecesor había tenido más éxito que él.
La parábola dice que el duque marchó en busca de un sabio a
quien fue a exponerle sus dudas y sus angustias. El sabio lo escuchó
pero no le respondió. Sino que más bien le hizo indicaciones
de que lo siguiera. Haciéndolo, se internaron en el campo, y al
cabo de mucho andar llegaron a la orilla de un río majestuoso: sus
aguas parecían inmóviles. La otra orilla, se veía lejana. En la dirección
aguas abajo, la vista se perdía en el horizonte. En el atardecer
que avanzaba, el río parecía desdibujarse inmóvil y finalmente desapareció
en la oscuridad de la noche.
Así estuvieron sumidos en las sombras algún tiempo. Luego hicieron
un pequeño fuego y a su luz, fueron recogiendo ramas que
apilaron hasta lograr alentar y sostener una vigorosa hoguera, a
cuyo amor, el sabio y su visitante siguieron en silencio hasta que el
sueño los venció.
Al amanecer, los rescoldos de la hoguera que eran todo lo que quedaba
del gran fuego de la noche anterior, fueron paulatinamente
perdiendo notoriedad, en competencia con los rayos del sol y al
instalarse el día, las cenizas parecían ser sólo el recuerdo triste del
esplendor de la hoguera.
Entonces el sabio preguntó: ¿Ya tienes la respuesta a tus preguntas?
Pero el duque tuvo que excusarse porque aún no había obtenido
una respuesta. El sabio entonces dijo: la conducción de una actividad,
tiene que ser hecha con la humildad con que transcurre el río.
No con el aspaviento con que se expresa la hoguera. Debe ser
hecha en el silencio con el que el río se desliza hacia el mar. No
con el crepitar veleidoso de la hoguera. Con la tenacidad cotidiana
con que fluye el río. No con el frenesí ostentoso de la hoguera.
Llenando plenamente todo el cauce hasta sus últimas grietas. Y no
saltando de instante en instante de aquí hacia allá.
otra de las parábolas relata el caso de un rey que con prudencia se
da cuenta de que su hijo, quien lo sucederá en el trono, tiene que
ser capacitado para hacerse cargo del puesto cuando él parta. Con
ese propósito envía a su hijo a un gran maestro con el encargo de
que lo prepare para el ejercicio del gobierno, que más tarde o más
temprano sería su responsabilidad.
El gran maestro recibe al muchacho y le da una tarea. Vete un año
–le dice– a vivir en el bosque y a aprender a escuchar sus sonidos.
Al cabo de un año vendrás y me dirás lo que has aprendido
a escuchar.
Al cabo de un año el muchacho regresa y el gran maestro le pide
que le diga lo que aprendió a escuchar. El muchacho relata que
sabe escuchar el canto de los pájaros. El sonido del viento en las
hojas de los árboles. El de las ramitas que caen. El de las hojas al
ser pisadas. El sonido de la lluvia, uno en las hojas del árbol, otro
al escurrir por las ramas y tronco y otro al caer sobre la hierba. El
sonido del arroyo, uno en los rápidos, otro en los remansos.
El maestro, reconociendo que el muchacho había aprendido bastante
pero no suficiente, lo envía de nuevo a vivir en el bosque con
el encargo de que aprenda a escuchar aún más sonidos.
El muchacho, con entrega, con paciencia, con amor por el noviciado
en el cual disfruta de tan sabio guía, vuelve al bosque y sin
ansiedad por el paso del tiempo ni esfuerzo consciente por acabar
la tarea, va progresando en su camino hasta que un día, siente que
ya está listo para presentarse al maestro. Emprende el camino de
regreso, sale del bosque y va a su encuentro.
El maestro le pregunta cuáles nuevos sonidos ha aprendido a escuchar.
Y el muchacho responde que ahora sabe escuchar lo inescuchable:
el sonido que hacen las gotas de rocío al deslizarse por
las hojas. El que hace el agua al evaporarse por la mañana. El que
hacen los capullos de las flores al abrirse. El de las nuevas ramitas
que brotan de las yemas.
Ahora ya estás listo –dice el maestro– para conducir a tu pueblo
puesto que ya sabes escuchar lo inescuchable. Quien sólo escucha
lo escuchable, escucha a los vociferantes, los locuaces. Quien sabe
escuchar lo inescuchable sabe escuchar los anhelos de su pueblo.
Sabe escuchar las dudas que aún no se pueden formular. Los temores
que aún no se pueden verbalizar. El dolor por los agravios
que por temor o timidez no se expresa. Así podrá empatizar con
las verdaderas necesidades de su gente, porque habrá aprendido a
escuchar su corazón.
Después de estas parábolas, podría tratar de interpretar de qué
manera se pueden aplicar al ejercicio de la gerencia. o podría
guardar silencio para que cada quien extraiga de ellas la enseñanza
específica que contiene este regalo de la sabiduría oriental. Parece
lo más respetuoso a hacer. Por eso, me silencio respetuoso.

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